Historias de personas homosexuales: ROGER - ¿REALMENTE QUIERO ESTAR AQUÍ?



Domingo, 08 de febrero de 2009




FICHA 4.8


1. TEMA DE LA FICHA: SANAR LA HOMOSEXUALIDAD


2. OBJETIVOS A CONSEGUIR:

a. Conocer el proceso terapéutico desde las historias de casos
b. Contactarse con la propia historia desde experiencias de otros.



3. DOCUMENTO A TRABAJAR:

DOCUMENTO Nº. 4 HISTORIA DE CASOS DE LA TERAPIA REPARATIVA, de Joseph Nicolosi.


CAPÍTULO: 8. Roger: ¿Realmente quiero estar aquí?


En el momento en que entró en mi consulta, Roger Schulte, de 27 años, dejó clara su ambivalencia sobre empezar la terapia. Profesor de química en un instituto, Roger me dijo por teléfono mientras concertábamos una cita: “Me gusta normalmente comprender las cosas por mí mismo. Sólo voy a verle porque estoy al final de mi cuerda con este problema.”

                Cuando apareció en la puerta pude ver a un hombre bastante pálido y aparentemente serio con una cara delgada enmarcada por unas gafas de gran tamaño. La forma de vestir de Roger era única, que podría llamarse “extraño estudiado.” Llevaba una corbata de seda extra-amplia y de decoración brillante sobre una camisa de algodón de color kaki. Un par de cuerdas bien puestas terminaban  con un par de botas vaqueras de piel de lagarto. Como sus conjuntos, Roger demostraría que era un estudio en ambigüedad.

                Roger se sentó con nervios en la silla, las manos dobladas en su regazo. Mientras le miraba, me acordaba del estereotipo del profesor distraído. Su largo y bastante rebelde pelo castaño se había estirado hacia atrás de su cara con un par de golpes duros de un cepillo húmedo. Sus botas puntiagudas y pisoteadas, una vez de lujo, eran arrastradas y polvorientas.

                Pronto se sumergió en la historia de sí mismo y su única pareja de larga duración, un hombre llamado Perry. Los dos habían decidido acudir a psicoterapia con la esperanza de dejar la homosexualidad. Ahora su ex-pareja había cambiado de opinión. “Perry ha decidido que la terapia no le va bien en absoluto y ahora pasa tres o cuatro noches a la semana intentando pescar gente en el Rage,” dijo Roger, expresando su voz ira y dolor.

                Había oído hablar del Rage a mis otros clientes. Este bar era para los clubnights gay lo que el Circo de los Libros era para lo pornografía –el mayor, el mejor y el más popular en su género de Los Ángeles.

                Roger me contó su dolor por ver a Perry beber y flirtear y bailar con otros hombres. Al mismo tiempo que habían roto oficialmente después de haber estado nueve meses juntos todavía permanecían en una co-dependencia dolorosa.

                “Decidí que debería acudir a un terapeuta masculino para trabajar sobre este problema,” dijo luego con una risa torpe. “Pero ahora que estoy aquí, no sé de qué hablar.” Se encogió y miró para fuera, abrumado de repente  por la auto-conciencia.

                Me di cuenta de que debajo de la forma provocativa de vestir había un hombre tímido, con miedo de expresar su verdadera personalidad. “Quizás no estás acostumbrado a verbalizar tus sentimientos,” dije. “O quizás no estás acostumbrado a que se te tome en serio.”

                Roger asintió lentamente. “Es verdad. Incluso me pregunto si mis alumnos me toman en serio.” Desde el principio estaba oyendo un asunto terapéutico común que podría remontarse a la infancia cuando los padres del chico homosexual erraron al no tomarle en serio.”

                Roger comenzó a hablarme sobre su vida temprana con sus padres, que trabajaban muchas horas como encargados auxiliares de un gran hotel de balneario en las montañas Catskill de Nueva York. “Nunca los veía mucho excepto el día que libraban a la semana, pero estaban demasiado cansados como para divertirse o hablar conmigo. Cuando íbamos a algún lugar juntos, me sentía como un preso.”  

                Me dijo tristemente: “Siempre me sentí paralizado en mi relación con mi padre. Todo el tiempo que iba creciendo, él se convertiría en el abogado del diablo contra cualquier cosa que quisiera hacer yo.”

                “Debo admitir, sin embargo, que tengo que agradecerle a mi padre el que yo haya llegado a ser profesor.” Se rió irónicamente. “Procedía de una estricta familia germánica, cada uno de ellos con estudios. La forma con la que se comunicaba conmigo era la palabra escrita. Me mantenía con la mano un periódico y señalaba un editorial, diciendo: ‘realmente deberías leer esto, Roger.’ Raramente hablábamos, sin embargo.”

                Roger estaba muy limitado claramente en su expresión emocional. Podía ver la privación emocional de su base familiar. Y como los adolescentes a los que enseñaba, Roger usaba la ropa para expresar una identidad de la que no tenía otra forma de manifestar su aserción.

                Me miró y admitió: Recuerdo los celos que le tenía a mi hermano muy pronto en mi vida porque sentía que él conseguía toda la atención de mi padre. Mi hermano tenía un carácter duro. Era el matón del patio de recreo mientras que yo era el chico callado con gafas que siempre tenía una mochila llena de libros. Siempre parecía diferente. Me sentía como un huérfano que de alguna manera fue adoptado por error en una casa de los soldados nazis.” Se reía de esto pero sus ojos estaban amargos.

                Luego movió su cabeza tristemente. “Están saliendo muchos recuerdos de mis relaciones de la infancia y la mayoría de ellos son dolorosos. Me da miedo. Mi reacción instantánea es mandarlos otra vez atrás… olvidarme de ellos.”

                Roger me contó luego sus intentos de tratar con el miedo. “Sé que necesito desesperadamente salir de mí mismo y empezar a conocer gente nueva pero todavía tengo miedo de hacerlo. Tengo miedo de la gente, miedo de enfrentarme a ella. Tengo miedo del rechazo.” Se rió, moviendo su cabeza con disgusto. “Tengo miedo de intentar hacer amigos porque ni siquiera sé lo que es una buena e íntima amistad.” 

“Esto no es un miedo reciente. Es un miedo que he tenido siempre, desde que puedo recordar… puede que desde mi nacimiento. Cuando miro atrás, me doy cuenta de que la mayoría de mis amistades fueron iniciadas por el otro hombre. A veces me encuentro con alguien en una excursión con el cabildo de Sierra Club al que pertenezco, y nos damos los números de teléfono. Nunca soy yo el primero en llamar. Espero que me llame.”

“Por el miedo al rechazo,” dije.

“Por el miedo al rechazo,” repitió. “Ese es el miedo que siempre he sentido. Al menos, parte de él. Tengo también miedo de todo lo que piense de repente, ‘Puede que me haya equivocado al pensar que el tipo lo hubiese pasado bien la última vez que estuvimos juntos. Puede que no vuelva a llamarme más, después de todo.’ Eso me da miedo.”

“Tienes miedo de tu propio éxito.”

“Sí,” admitió.

Le expliqué: “Esto es un asunto de poder. Tienes miedo de la responsabilidad del éxito. No puedes creer que tengas la fuerza para mantener el éxito que ya has logrado.”

“Tienes razón. Y todavía peor, no puedo controlar los deseos homosexuales cuando aparecen. Eso es lo que en verdad me deprime.” 

“No tienes que controlar tus sentimientos homosexuales para trabajar en hacer que disminuyan,” dije. Roger parecía sorprendido. Continué: “No es en el control donde reside la curación.”

Roger estaba cayendo en la trampa  que con frecuencia se presenta en los primeros pasos de la terapia –centrarse en controlar los síntomas superficiales más que en resolver las necesidades más profundas.  De hecho, centrarse sólo en controlarse a sí mismo –una batalla de auto-engaño, sin ningún tipo de duda –sólo es una forma de evitar el desafío más profundo  de establecer amistades masculinas íntimas y no sexuales.

“Tus tentaciones homosexuales no deberían distraerte ni desanimarte ante la tarea esencial y subyacente. Tu primera tarea es superar tu miedo y soledad para desarrollar relaciones masculinas íntimas.”

“En vez de mirar a esos hombres sexualmente, necesitas afrontar los sentimientos que yacen bajo el deseo. Tus sentimientos sexuales esconden mucho dolor y alienación real y necesitas aprender a tratar ese dolor de una forma más apropiada y más satisfactoria.”

“Tienes razón sobre el dolor,” dijo.

“Dime,” dije, “exactamente de qué dolor se trata.”

Suspiró. “El dolor de tener miedo siempre. El dolor de la soledad. El dolor de sentirte que no perteneces a ningún sitio.”

Movía su cabeza con desaliento. Nuestro tiempo se había acabado y le pregunté a Roger si quería continuar la semana siguiente. Dijo que lo pensaría. El día siguiente, dejó un mensaje en mi contestador- había cambiado de opinión sobre la terapia.

Tres meses después, Roger telefoneó para pedir otra cita.  A la hora señalada, entró en mi oficina triste y disgustado.

Habló durante un rato de generalidades, dando sólo vagas razones para su vuelta a la consulta.

“¿Pero por qué regresas ahora, Roger? ¿Qué te hizo cambiar de opinión?”

Con algo de duda y de vergüenza, comenzó su historia: “La semana pasada tuve una experiencia bastante desagradable –de hecho, es humillante incluso hablar de ello…”

   “No te preocupes, Roger,” le aseguré. “No creo que haya algo que pueda escandalizarme o sorprenderme ya.”

“Bien –Fui a la casa de este tipo, un hombre al que no había visto nunca. Conseguí su nombre de la parte de atrás de un periódico gay- ya sabes, de esos anuncios gratuitos de periódicos que encuentras en bares gay. Él ‘buscaba una relación.’ ”

Asentí.

“De todas formas, fui a su casa y me dijo que le gustaba que los chicos más jóvenes estuvieran ‘arriba’ y él ‘debajo’. Así que lo hicimos. Yo llevaba un  preservativo –pero luego me di cuenta de este olor y,” suavizó la voz, “um… era una desconexión y era muy duro para mí seguir.”

Interrumpí: “¿De qué fue de lo que te diste cuenta?”

“Mierda,” respondió, mirando lejos de mí. Hubo una larga pausa antes de que pudiese continuar. “Uh… después fui al baño y había… había mierda en la punta de mi polla. Fue una guarrería total. Gracias a Dios que tenía puesto el preservativo. Me fui de allí rápidamente. De repente me chocó lo perverso que era todo. Pensé: ¿Qué bajo tengo que caer? ¿Es así como un gay tiene que conseguir gratificación sexual?”

“Me doy cuenta de que el sexo entre hombres no es natural.”

Roger se comprometió a un horario de una sesión a la semana. Cuando habían pasado pocas semanas, parecía mucho más feliz de estar en la terapia. Un día se lanzó en una discusión sobre el desafío de día a día de afrontar lo que él llamaba sus “pequeños miedos” –su auto-conciencia y ansiedad.

“Gasto mucho dinero en mi ropa,” me dijo Roger. “No puedo resistir una buena venta cuando veo un buen par de botas o algo más que me agarra. Sin embargo, cuando tengo que ir a comprar, tengo miedo del dependiente de ventas. No puedo mirarle a los ojos. Me siento como un niño pequeño donde quiera que vaya. Un niño pequeño en un mundo de adultos. Lo que es bastante irónico, cuando consideras que soy profesor.”

“Pero últimamente me he estado diciendo que tengo que superar esto, así que ayer fui a la avenida y durante un rato sólo caminé. Intentaba mirar a la gente a los ojos, no sentirme tan auto-consciente.”

“Aquí están otra vez los pequeños éxitos que marcan la diferencia,” señalé. “Tienes que continuar haciendo esos pequeños cambios de conducta.”

“Y sin embargo a pesar de que estoy mejorando al hacer más vida social, todavía tengo miedo de que la gente sea tan intensa. Todavía me siento falso cuando me enfrento a situaciones sociales.”

“Estás superando tu timidez en la conducta pero queda el miedo,” coincidí.

“Siento que siempre tengo que proyectarme, empujarme hacia la gente o nunca le diré una palabra a nadie.” Parecía severo.

Mientras Roger hablaba de su auto-consciencia, del aislamiento auto-protector, no podía evitar pensar que así era como Roger se sentía cuando era niño en la presencia de una madre o de un padre que nunca estimularon su espontaneidad.

Entonces Roger habló de su antigua pareja, Perry. “Durante el fin de semana me derrumbé finalmente y lo llamé. ‘Bien, sólo saber cómo le va,’ me dije. No pude conectar con él, sólo con el contestador. Después de oír su voz en la cinta, perdí todo deseo de hablar con él. Sólo sentí esta ira y tristeza intensa. Y un profundo sentido de pérdida. Quiero resolver esta relación –nunca lo hicimos, sólo la dejamos colgando. Me encuentro haciendo de él un mal tipo y sé que no es verdad.”

“No es realista,” coincidí.

“Sé que no es real. Pero es lo que he hecho con todas las relaciones. Siempre termino enfadado y disgustado con los hombres que pensaba que quería. Decido que son bastardos después de todo. Es la forma en la que me sentí con mi padre.”

   “Exactamente,” dije.

“ ‘Conozco’ todo esto en un nivel, pero todavía no me quita la tristeza. El momento en que me pongo más triste es cuando imagino a Perry o escucho su voz en mi mente. Me doy cuenta de que no lo recuerdo como era en verdad sino como una imagen idealizada. Le amaba porque era libre, loco y extrovertido –la imagen del hombre que siempre quise y que sentía que necesitaba.”

El yo idealizado, pensé para mí. Exactamente lo que Roger querría ser, si pudiera sentirse menos inhibido.

“Sin embargo hay aspectos de esa relación que realmente echo de menos. A pesar de todas las peleas y la confusión, había momentos en los que éramos reales uno para el otro. Creo que pasa para que ninguna de las dos personas que se atraían juntas,  aunque sea momentáneamente.

“Sé que había aspectos buenos y sanos en la relación,” continuó. Pero por otra parte, existía esta ira por haberme permitido sucumbir a su manipulación ostensible. Tengo este sentimiento de ira que me permite ser manipulado.”

“¿Ha sucedido esto antes?”

“Después de una aventura desmoralizante con un chico durante mi año senior en el instituto, juré que nunca más permitiría que otro hombre me manipulase. Entonces terminé con Perry.”

Después de un largo silencio, dijo: “Durante muchos años he estado buscando a Don Perfecto, pero cada vez, ha habido terribles heridas y decepciones. Ahora sé que nunca vendrá el amigo perfecto. Y entiendo el por qué. Sin embargo, incluso ahora que te expreso esta convicción, tengo un sentido real de pérdida. No puedo soportar afrontar el hecho de que sólo estaba siguiendo una ilusión.”

Roger había dado con uno de los pasos más difíciles de la terapia reparativa.

Dije: “Creo que debes sentir la tristeza de esa pérdida. Tienes que dejar el sueño perenne gay de que un hombre va a ser tu amigo eterno, compañero sexual, amante fiel, compinche, hermano, amigo del alma, todo envuelto en uno. Creo que en verdad tienes que afligirte por la pérdida de ese sueño,” dije.

“En nuestro encuentro final en el Rage,” dijo Roger, “estaba triste por algunos de los insultos que me dirigió Perry. Sentí que él estaba intentando ponerse bajo mi piel por alguna razón.”

“Echarte fuera,” supongo. Probablemente tiene la misma ambivalencia que tú.”

“¿Qué quieres decir?” Me preguntó Roger.

“Él también soñaba con poder tener algo especial contigo y cuando se sintió decepcionado, decidió destruir lo que era,” expliqué.

Roger dijo lentamente: Es el mismo sentimiento de ‘Odio lo que amo porque sé que no puedo tenerlo.’ ” Añadió, como estudiándolo detenidamente, “Hmm. Oír eso me hace sentir mejor.”

“Porque ahora comprendes lo que sucede. Las relaciones homosexuales  tienen la característica de ser tan volátiles porque el homosexual odia lo que ama. Se da cuenta en algún nivel de que ningún hombre puede satisfacer sus expectativas irreales.”

Roger dijo otra vez: “Hmm.” Luego añadió con tristeza: “Eso rompe el brillo romántico, creo.” Entonces, “no es fácil tener a un hombre de pareja, eso te lo puedo decir.”

“No, a no ser que quieras vivir con las limitaciones inherentes a las relaciones homosexuales.”

La relación homosexual está llena de paradojas irreconciliables: miedo, y sin embargo atracción hacia los hombres. Las parejas del mismo sexo suelen comenzar con una percepción irreal de la otra persona, una imagen. Esta imagen representa aspectos de la propia masculinidad perdida del hombre. Generalmente basada en rasgos superficiales de la personalidad del otro, estas proyecciones están destinadas a conducir al fracaso. Y debido a que estas relaciones se basan en proyecciones deseables, la pareja tiene dificultad en moverse más allá del estado de infatuación romántica hacia la formación del compromiso monógamo estable.

Cuando busca contacto erótico con otro hombre, el homosexual intenta ganar una parte perdida de sí mismo. Pero como esta atracción procede de un déficit personal,  no es completamente libre para amar al otro.

El Dr. Herman Nunberg (1938) habló del tipo de cliente homosexual que parecía creer que “por medio del mero contacto físico con un hombre fuerte o por medio de un abrazo o de un beso, absorbería esta fuerza y llegaría a ser tan fuerte como el hombre al que deseaba” (p. 5). Esta búsqueda del ideal masculino es  característica de las relaciones gay. Esta es una de las razones por las que vemos en las relaciones gay el ciclo frustrante de atracción y contacto sexual va seguido poco después por el desinterés. Es un ciclo de deseo de intimidad frustrado con frecuencia durante toda la vida.

El hombre heterosexual no es psicológicamente tan dependiente de encontrar el ideal femenino. El ideal femenino es menos importante porque su pareja no necesitará satisfacer un déficit de género original. En vez de encontrar una pareja igual a él, su pareja será complementaria.

El gay con frecuencia pone la esperanza en el sueño de un amante futuro. De hecho, vemos estadísticamente que las parejas homosexuales casi nunca permanecen monógamas y fieles. Sin embargo, la relación madura significa aceptar las limitaciones inevitables impuestas por la elección de un compañero para toda la vida y creando lo que se puede crear desde la relación.

Las parejas gay con frecuencia muestran una intensidad de dependencia, celos y sospechas. Las relaciones domésticas más volátiles con las que he trabajado han sido las de las parejas de hombres. Generalmente se dan quejas de ambivalencia intensa, a veces conflictos violentos e incluso heridas físicas. Como la relación está forzada a soportar el excesivo bagaje de las necesidades insatisfechas de amor de la infancia, tiene lugar una gran cantidad de dependencia hostil.

No puedo creer que el hombre haya sido diseñado para vivir su vida con una pareja del mismo sexo. Sin la influencia femenina en una relación de amor, se echará de menos siempre una fuerza de base esencial.

Unos meses después, Roger entró en la sala con una pregunta inmediata: “Para que una persona tenga buena auto-estima, sus padres tienen que darle siendo niño reconocimiento positivo, ¿verdad?”

Antes de que pudiera decir una palabra, añadió: “Porque mis padres nunca lo hicieron.”

“Respondiendo a tu pregunta, claro que sí,” admití. “Pero más importante que el reconocimiento positivo es el reconocimiento de seguridad. Para desarrollar una verdadera identidad, el niño necesita tener reflejado con claridad quién es como individuo.”

“Este es mi problema,” afirmó Roger con tristeza. “Era ignorado o manipulado.” Pensó durante un minuto, luego corrigió: “Realmente –déjame seguir a este heterosexual. Era ignorado por mi padre, manipulado por mi madre.” Su cara mostraba cierta satisfacción.

Entonces Roger volvió al presente. “Anoche fui a casa de mis padres para la cena del domingo. Cada vez que voy allí, me siento agobiado. Todo lo que dicen me molesta. Después de que regresé a mi apartamento sentí esta tensión y me encontré con la necesidad de masturbarme tan pronto como cerré la puerta.”

Siguió un gran silencio, como si no supiese donde ir con esa observación. Como muchos hombres con orientación homosexual, una vez que Roger expresó una queja  fuertemente sentida, tenía una enorme cantidad de problemas para seguir adelante en la discusión. Con frecuencia parecía satisfecho simplemente expresando la queja y carecía de la motivación para moverse hacia la auto-comprensión.

“¿Por qué?” le empujé. “¿Tienes que preguntar ‘por qué’?” 

 Miró por la habitación, respirando profundamente.  Luego me miró y me dijo: “Porque no se me escucha cuando estoy con mis padres.”

“O.K. Así que, ¿cuál es la conexión entre el agobio en casa de tus padres y la masturbación?” Le pregunté.

Se quedó en blanco.

Dije: “Cuando nos sentimos agobiados, aburridos, irritables, ansiosos o depresivos, estos sentimientos son signos que nos dan nuestros cuerpos de que estamos fuera de contacto con nosotros mismos.” Continué: “Estabas fuera de contacto contigo mismo y la masturbación fue una forma de volver a ponerte en contacto contigo mismo, una forma de volver a sentir tu cuerpo. La mente se dispersa mientras todo el cuerpo se concentra en el orgasmo. La masturbación, como comer mucho y otras conductas adictivas, tienen una función  unificadora.”

Me incliné hacia a delante y le miré seriamente: “Acuérdate de preguntarte: ‘¿Qué estoy sintiendo ahora que no puedo expresar?’ La mayoría de las veces es ira que no te permites expresar y-“

Roger interrumpió con impaciencia. “¿Cómo les muestro mi ira a mis padres?” ¿Empiezo a gritarles?”

Sentía su frustración pero continué con calma: “Que tus sentimientos correspondan con tu conducta no significa que tengas que lanzar una rabieta de carácter. Intenta hablar más directamente sobre lo que estás experimentando. Sólo siendo honesto contigo mismo en que estás enfadado producirá un movimiento en el sentimiento. Tendrás un sentido de control sólo etiquetando el sentimiento. De repente te sentirás más en posesión de ti mismo. Entonces puedes decidir cómo expresar la ira apropiadamente, que puede ser simplemente irte de la casa de tus padres.”

“Que fue lo que hice,” dijo Roger, esperando evidentemente conseguir algo de crédito.

“Sí,” dije, dándoselo, “porque no tenías otra elección.” No ibas a hablar con franqueza con tus padres. En vez de eso, convertiste tu ira en una expresión sexual. La Gran M. Esta es una dinámica común –diría característica- de los homosexuales. Su poder intrínseco es desviado en conducta sexual.”

Después de algunos segundos de reflexión, Roger se rió, luego su voz se volvió seria mientras decía: “Parece tan enfermizo.” Reflexionó, “Una función unificadora.”

Añadí: “Pero después de todo, la función última unificadora del orgasmo es la procreación.”

Roger me miró, se encogió de hombros de forma no comprometida y luego procedió a contarme su primera experiencia sexual, una situación de mucho tiempo de abuso sexual por un vecino mayor.

“Empezó cuando yo tenía 5 años y él 13. Era el 4 de Julio y Larry y yo estábamos jugando al escondite y busqué en la alcoba de mis padres, ya que estaban fuera de barbacoa en un hotel. Me escondí debajo de la cama y Larry me encontró allí y me pidió que le hiciese una felación.

“De regreso entonces, no tenía idea de que esto era lo que se llama abuso sexual. Disfrutaba con lo que hacíamos, y de verdad me adulaba con la atención especial que me daba. Siempre había sido inseguro y tímido y tenía a este chico mayor y más fuerte llevándome bajo su ala… Creo que podrías decir que me enganché pronto. Era excitante. Durante muchos años mis fantasías en la masturbación se centraban en Larry.”
“¿Así que te sentías bien con Larry?”

“Yo era especial para él. Me aceptaba. Conseguía de él la aprobación que no conseguía de nadie más, en ningún sitio. Mi padre no me daba nada –yo era un asunto de total indiferencia para él. Y mi hermano mayor no me estimulaba.         Era un chico realmente bromista y con personalidad y cerca de él me sentía miserable.”

“¿Crees que esta experiencia tiene algo que ver con que tengas tendencias homosexuales?”

“Oh…” Roger pensó por un momento. “Era realmente más de una sopa, creo… tener una madre más que posesiva, un padre que no se implicaba y mi relación con Larry –todas esas cosas deben haberme empujado en esta dirección.”

“¿Cuándo terminó la relación sexual?”

“La última vez que lo hicimos yo tenía 13 años, y por entonces, me sentía fatal porque estaba muy confundido por lo que estaba pasando. También tenía algunos sentimientos heterosexuales –Tuve una especie de enamoramiento de esta chica en el colegio- y estaba confundido con que si lo que yo hacía con Larry significaba que era homosexual o heterosexual. Desde entonces, No tuve más sexo con hombres hasta  mi último año en el instituto.”

Mientras terminábamos nuestra sesión, le sugerí a Roger que hiciera un diario para que pusiera cualquier pensamiento, idea, sentimientos o experiencias que pensara que podrían ser importantes.  Escribir el diario facilita la clasificación consciente de los procesos interiores. Como la mayoría de mis clientes, A Roger le afectaban fácilmente los acontecimientos externos. Mi esperanza era que por medio del diario, miraría con más rutina en su interior para encontrar respuestas.

La semana siguiente Roger entró con un estado de ánimo muy alegre. Describir su estado de ánimo como feliz era demasiado fuerte para Roger; siempre era muy inexpresivo emocionalmente.

“Bien… Hice lo que dijiste y funcionó,” me dijo.

“¡Bien! ¿Qué te dije?” Bromeé.

“Iba paseando por la avenida el sábado pasado y me sentía triste… otra vez, el agobio. Soy auto-consciente de lo que parezco. ‘¿Parezco gay?’ Me pregunto. Lo que sea…sólo estúpida mierda. Finalmente me digo: ‘Hey, ¿Qué pasa aquí? ¿Cómo me estoy sintiendo realmente?’  Como dijiste que debería hacerlo. Me doy cuenta de que me irrita que mi madre me mande a hacer la diligencia de conseguir una pulsera para el reloj de mi padre. No estoy enfadado por mi padre sino porque que mi madre me mandase, como: ‘Oh, Roger, cuida esto y mientras estés ahí, haz esto, también.’ Como un imbécil, ¡voy! Ella parece creer que tengo 16 años y que no tengo nada más que hacer. Pero si hablo, terminaremos discutiendo o heriré sus sentimientos.”

Le expliqué: “Esta clasificación de tus propios sentimientos es el proceso que fue sofocado en la infancia. Terminaste en el papel del buen chico que no tenía clave para lo que sentía.”

Roger añadió: “Que no tiene poder.”

“Y que en su momento vino a admirar a otros chicos que eran espontáneos, libres y auto-confidentes,” dije. “Por eso, te enamoraste de la imagen proyectada de Perry –era tan abierto y extrovertido. Pero tienes que mantener la consciencia de cómo te sientes, y reaccionar a esos sentimientos de ansiedad, aburrimiento y depresión.”

“Más irritabilidad y agobio,” añadió.

Luego Roger me contó una impresión interesante que había tenido de una foto que había visto la semana pasada. De esto, podía aprender algo de las necesidades más profundas que yacen tras su atracción erótica a los hombres.

“Estaba en una librería mirando por la sección de arte y pude ver este libro de tipo de mesa de café de fotos artísticas de desnudos masculinos. Nada pornográfico en absoluto. Me sentí arrastrado a esta foto de tres hombres de pie en círculo en una piscina. Podrías ver solamente sus espaldas y estaban con el pecho en el agua, por lo que no había nada sexual explícito. Sin embargo, había algo terriblemente atractivo en esa foto.”

Le animé: “Quédate con esa imagen. “¿Qué es exactamente tan atractivo en esa foto?”

“En cierto modo, me habría gustado estar allí con ellos. Estaban riendo, disfrutando, desnudos, libres y al aire libre. Me habría gustado estar allí con ellos.” En un tono de triste reflexión, Roger continuó: “En verdad nunca tuve esa clase de experiencia masculina natural. Ya sabes, como la piscina local donde los chicos van a bañarse enjuto. Nunca tuve eso.”

“Has identificado el deseo profundo de esa conexión natural y física. Mientras crecías, se erotizaba.”

“¡Eso es! Cuando estoy viendo un video porno de hombres teniendo sexo, mi fantasía es que estoy en esa película con ellos –tengo 13 años otra vez, sentándome alrededor en un círculo sacudiéndola.
“¿Hiciste eso a los 13 años?”

“No. De una forma divertida, me habría gustado hacerlo. Puede que no estaría necesitándolo ahora.”

La idea de Roger me hizo recordar las ideas del famoso psiquiatra Harry Stack Sullivan, también homosexual. Tenía la idea sin par –ciertamente no comprendida en aquel momento- de que la conducta homosexual entre jóvenes ayuda a establecer la base para la heterosexualidad adulta.  Creo que Sullivan tenía razón sobre el principio básico: que el joven necesita intimidad masculina (aunque no de naturaleza sexual) para moverse hacia la atracción del sexo opuesto.

Entonces Roger lanzó una pregunta: “Perry y sus amigos estuvieron recientemente en un rally de Derechos de la Mujer y me doy cuenta de que los gay son casi siempre feministas. ¿Por qué?”

“Los gay y las feministas comparten una desconfianza del poder masculino. No confían en que el poder masculino pueda ser benevolente.”

“Hmm. Creo que eso es verdad,” asintió Roger.

Es una coalición que los dos grupos han creado contra el establecimiento, que es básicamente una estructura política masculina blanca.”

Roger luego trajo a colación un problema que le angustiaba. “La semana pasada tuve mi evaluación anual de empleo. Mi supervisor me dijo que soy demasiado sensible.” He apretó sus manos con tensión. “Es verdad. Cuando los chicos hacen comentarios tontos detrás de mí, hago que no les oigo pero sus palabras resuenan en mi cabeza durante días. ‘Puede que sea esto, o esto, o esto.’ He sido sensible toda mi vida.”

“Eres vulnerable porque la imagen que mantienes no es real,” expliqué. “Por eso te sientes tan frágil.”

“Sin embargo hay días en que me siente tan fuerte y positivo. Siento que “no hay nada que cualquiera pueda decir que me sacuda.”

“Bien. Así que ahora sabes la diferencia entre el falso y tu verdadero yo,” dije. “Debes darte cuenta de que cuando te pierdes en una falsa identidad, se puede tardar medio día o más simplemente para identificar que esto pasó. Ahora, el tiempo que tardas en regresar a tu verdadero yo –en otras palabras, tu tiempo de recuperación- será cada vez más corto mientras practiques regresar a ello.”

Demandó Roger: “Pero qué demonios tiene esto que ver con la homosexualidad?”

“Todo.” Dije. “La homosexualidad es sólo un síntoma –sólo una manifestación del poder masculino perdido que nunca actualizaste de la infancia.”

Mientras Roger tardaba un momento en absorber estas ideas, yo pensaba en la comprensión de la homosexualidad del filósofo Eli Siegel como esencialmente un problema para vivir. El Realismo Estético de Siegel desafía al homosexual a estallar su pasividad para hacer un contacto auténtico con elementos opuestos del mundo, incluyendo la polaridad de hombres y mujeres.

Roger resumía: “He vivido en esta actitud pasiva durante tantos años de mi vida, que se siente como segunda naturaleza. Es como…” buscó una palabra, “normal.”

Le aseguré: “Pero ahora, sabes la diferencia. Y podrás hacer el movimiento hacia el interior cuando quieres regresar a tu identidad auténtica.”

La semana siguiente, Roger me dijo que había coincidido con Perry mientras salía caminando de ver una película.

“Fui a verle la noche del sábado pasado a su apartamento. Al comienzo de la tarde, me contó todas sus proezas y no pude evitar sentirme celoso. Me habló del nuevo amigo que había conocido en el Bunkhouse. Es un nuevo bar gay con ambiente del oeste.”

“Donde todos son vaqueros.”

“Así es.” Se rió. “Así que… este nuevo chico es el amigo perfecto, según Perry. De todos modos, Perry siempre dijo que ahora está totalmente en paz con su homosexualidad dándome la charla de que es un don de Dios.

“Pero entonces en el medio de todo Perry se me vuelve y me pregunta: ‘¿Has salido alguna vez de una experiencia sexual sintiéndote totalmente satisfecho?’ Pensé y dije: ‘No, nunca,’ y me dijo: ‘Yo tampoco.’  Luego dijo: ‘Ya sabes, no creo que sea homofobia admitir eso.’

“Todavía va a los bares, dando vueltas y distrayéndose. Creo que realmente no es feliz y está metido en un conflicto, el mismo conflicto que yo estoy pasando. Por eso duele tanto.”

Dime por qué su dolor te duele tanto.

“Me siento tan conectado con él que resulta doloroso.” Roger había identificado un problema frecuente en las relaciones homosexuales- el reflejo narcisista.”

Le expliqué: “Lo que estás sintiendo tiene que ver con los gemelos. Llegan a ser gemelos, sienten lo mismo. Este es un término acuñado por los psicólogos gay para describir lo que les sucede a los gays en la fase romántica de una relación. Es una identificación narcisista con la otra persona. El otro hombre se convierte en una proyección de tu yo masculino ideal.”

Roger dijo: “Es como que nuestros sentimientos se corresponden y eso debería hacerte sentir bien. Pero existe cierto dolor que hace que no te sientas bien.” Luchando para expresar su exclusión defensiva, continuó: “No sé. Hay algo mal –es demasiado doloroso para ser real.” Y luego dio en la esencia de los gemelos: “Es demasiado doloroso para ser natural.”

“Sí,” le aseguré.

Dijo Roger: “Te sientes tan desesperado.” Añadió: “El tipo que escribió el libro Heterosexual dijo algo con lo que me identifiqué realmente. Hablaba de ‘dotar a la pareja anónima de una personalidad que realmente no tiene.’ Y siento que es lo mismo con esto de los gemelos. Aunque Perry apenas es ‘anónimo,’ lo veo como la imagen salvaje y libre del hombre que me gustaría ser.”

Dije: “Como Narciso, puedes ahogarte mientras persigues tu imagen ideal.”

“¡Háblame de ello! Siento como que me estoy ahogando,” dijo Roger. Luego, calmándose, volvió a la noche del sábado. “Luego estuvimos hablando y Perry estaba apabullado de que yo continuara con la terapia. Le hablé del diario que he estado escribiendo sobre mi terapia. Hubo cierta competitividad entre nosotros. Entramos en ‘Bien, déjame decirte algo de mí’ y cosas así.”

Suspiró, continuando: “Luego regresamos a mi casa. Debería decirte que no sucedió nada. Él dijo: ‘¿Puedo ver tu diario?’ Me sorprendió que se acordase. Lo saqué y lo leyó todo en silencio. Se movía mientras lo leía y casi se puso a llorar. Hubo un largo momento de silencio, luego me miró y me dijo: ‘Este diario tiene mucho sentimiento. Tienes mucho valor. Estás haciendo lo correcto.” Me hizo muchos cumplidos.

Roger se detuvo, luego me dijo: “Pero Joe, no creo que estuviese hablando de mí. Era de él. Era el narcisismo. Lo que yo estaba haciendo –yendo a la terapia, intentando cambiar- le afectó no tanto porque estuviese contento conmigo sino porque deseaba poder hacerlo él.

Después de un largo silencio, pregunté: “¿Cómo te sentiste después de que se fue esa noche?”

“Estuvo bien verle. Los cumplidos que me dijo sobre el diario me dieron poder. Pero verle me agotó, me entristeció, porque todavía estoy sintiendo la ambivalencia de si debería continuar o no en esta lucha por cambiar mi homosexualidad.”

“Perry y yo nos paramos en los bares un rato. Los hombres que estaban allí parecían felices. Dicen que son felices y no tengo razones para dudar de ellos. Luego, por otra parte, miro a los hombres que conocí en la Conferencia de Exodus que estaban saliendo de la homosexualidad y parecen también felices. No les importa si cambian alguna vez o no, se mueven hacia un objetivo lejano y se encuentran en paz para moverse en una dirección que creen que es correcta. No es el camino correcto para ellos si cambian o no. Están en paz con eso.”

Luego se puso agitado, “Pero el problema que persiste en volver es: ‘¿Por qué estoy todavía atrapado en el medio?’ Otra gente parece encontrar esa paz en un lugar u otro que yo no puedo encontrar.”

Le corregí: “Que no he encontrado.”

“Bien,” repitió: “Que no he encontrado.”

“No porque necesites explorar las opciones mejor sino porque necesitas conocerte mejor,” dije.

“Es muy difícil a veces, ¿no?” repitió: “Es muy difícil. A veces todavía me pregunto: “¿Por qué vengo aquí?”

La semana siguiente, Roger entró caminando en la sala con una apariencia generalmente excéntrica – esta vez un chaleco de cuero negro sobre una camiseta blanca, pantalones vaqueros desteñidos con rasgones sobre cada rodilla y mocasines (sin un centavo y sin calcetines). Este era Roger –tímido pero con necesidad de expresarse a sí mismo.

Esta semana había introducido un sueño. Este sueño nos llevaría a un descubrimiento importante sobre cómo acercan a las mujeres los hombres con orientación homosexual.

Roger comenzó: “Estoy desnudo. Miro a mi izquierda y veo a una mujer bella de piel negra tumbada en el suelo. Quiero hacer el amor con ella. De repente aparece un hombre muy musculoso y le miro. Me parece atractivo. Luego, tiene sexo con esta mujer y me encuentro a mí mismo queriendo yacer encima de él. Cambio de opinión y, en vez de eso, lo quito de encima de ella. Entablo conversación con ella pero tengo sentimientos ambivalentes sobre ello. Luego me despierto.”

“O.K.,” dije. “Dos reglas para interpretar los sueños. Primero, cada parte del sueño tiene un significado, ya lo comprendamos o no. Segundo, cada parte del sueño representa un aspecto de nosotros mismos.”

“Roger dijo con cautela: “Bien… el hombre soy yo y tener sexo con la mujer es lo que quiero hacer, a lo que me estoy esforzando.”

Le clarifiqué: “Pero no estás preparado para hacerlo tan directamente, por lo que lo haces por medio de tu ideal masculino. Dices que es musculoso y atractivo. Representa tu masculinidad perdida. Este sueño tiene un tema reparativo –acercarse a una mujer por primera vez capturando tu masculinidad por medio de otro hombre. Y date cuenta de que miras a la izquierda. La mujer se acerca desde la parte inconsciente, no actualizada.”

Entonces pregunté: “Pero dime, ¿por qué la mujer tiene la piel negra?”

“Bien, veamos.” Parecía avergonzado. “Encuentro a las mujeres negras atractivas. ¿No es extraño que me atraigan más las mujeres negras?”

“No, no es extraño en absoluto,” dije. “Me he dado cuenta de que un gran número de hombres blancos con problemas de homosexualidad encuentran a las mujeres afro-americanas u orientales más atractivas. Los hombres que han tenido conflictos con sus madres pueden sentirse atraídos solamente por mujeres que son de un tipo ‘distinto al de su madre.’ ”

Se rió: “¿Estás riéndote de mí?”

Roger estaba contento y sorprendido de descubrir que lo que temía de ser extraño sobre él mismo realmente tenía sentido y era común además en otros hombres. Los hombres con orientación homosexual parecen estar reasegurados de descubrir cualidades de sí mismos que son comunes en otros hombres. Es como si el hombre necesitase reasegurarse: “Aquí hay otra forma en que soy igual a los demás hombres.”

“Sabes, eso es lo que sospecho de mí mismo,” decía Roger. “Puede ser, pensé, que me gustan las mujeres negras porque son muy diferentes.”

Después de una pausa, con una sonrisa, dijo: “¡Me atraen! Me atraen las mujeres negras.” Luego se rió en alto. “¡Estupendo!”

Luego Roger habló de su relación con Tim, un amigo y compañero profesor. Explicó: “He estado jugando al tenis con él en la hora del almuerzo y siempre deseo hacerlo. La semana pasada las dos secretarias de la oficina de administración querían jugar a dobles con nosotros. Tim quería pero yo me sentía incómodo.”

“¿Por qué?” le desafié.

“No lo sé,” me dijo, perplejo.

Dije: “¿Competición? ¿Actuación?”

Después de reflexionar un poco, dijo: “No. No creo que fuese nada de eso. Parece una tontería pero –quería a Tim sólo para mí.”  Se ríe no de forma fácil. “No sexualmente sino sólo quería que nosotros dos –esta masculinidad estuviese junta.” Entonces su voz pareció irritable. “No me gusta que las mujeres se metan en medio. Esas mujeres me dejaron mal cuando me dijeron que querían jugar y yo no sabía cómo quitármelas de encima sin herir sus sentimientos.”

Roger estaba identificando una dimensión importante de su identificación masculina –la necesidad de implicación total y completa con los hombres, sin intrusión femenina.

“¿Suena familiar?” Pregunté.

“Roger parecía totalmente confundido. Repetí: “¿Suena familiar? Sientes que las mujeres se entrometieron y te aventajaron pero si eres franco, tienes miedo de enfadarte con ellas o de herir sus sentimientos.”

Reconoció lo que yo estaba diciendo y dijo al instante: “¡Mamá! Ella otra vez.”

“Sí, ‘Mamá,’ ” dije. “Todavía no sabes cómo quedarte de pie ante la mujer intrusa. No sabes cómo hablarle a una mujer porque da un toque en ese enredo sin poder que sentiste con tu madre.”

“No tengo deseos de estar con las chicas,” dijo con enfado. No tenía muchos amigos entre los hombres cuando estaba creciendo. Ahora, quiero jugar con ellos. Los hombres me sostienen –me mantienen en marcha.”

Nuestra cultura andrógina ha perdido apreciación por la necesidad de los chicos de ser apoyados por su propio sexo. A los clubs y equipos de chicos se les obliga ahora a integrar a chicas, descuidando la necesidad real del chico de ganar masculinidad. Los chicos tienen una necesidad natural de rechazar a las chicas –al menos durante un cierto periodo de años de su desarrollo –para prepararse para acercarse a las mujeres en la madurez.

Roger parecía animado y feliz. “Ya sabes, en verdad estoy empezando a ver mis sentimientos sexuales como distorsiones de lo que realmente necesito de los hombres.” Hizo una pausa durante unos minutos, reflexionando. “Como el otro día… Estaba pensando en Mark, un hombre que conocí en mi grupo de la iglesia. Estaba teniendo algún vago sentimiento sexual sobre él que tuve que detenerme y decirme: ‘Esto es mentira. No es lo que está pasando en verdad. Lo que pasa es que estás solo y estás buscando esa carga emocional en vez de amistad honesta. El sexo es el medio inmediato y conveniente con el que has satisfecho ese deseo en el pasado y ahora –ya no puedes hacer eso.’ ”

Añadió rápidamente: “No quiero decir que no se vaya a meter algún tipo en mi camino y me tiente en un momento de debilidad. Pero la mayoría de las veces en que veo a un hombre que es de mi tipo caminando, digo: ‘Bien, es atractivo pero no lo necesito sexualmente.” Poco a poco, me he ido sintiendo mejor conmigo mismo… más fuerte. Por primera vez en meses, puedo decir que sé por qué estoy viniendo aquí.”

Ahora Roger afrontaba las ansiedades y desafíos de entrar en la terapia de grupo. Mientras entraba en la sala para una sesión conmigo un día, parecía irritable y agitado. Podía ver que este desafío próximo había creado un retraso temporal. Sentándose en su sitio con tensión, soltó sus miedos y aprehensiones sobre el revelarse a los demás hombres.

Comenzó describiendo un vínculo típico de los gays. Este vínculo les obliga a elegir entre la soledad o una relación co-dependiente caracterizada por “la locura.” Roger confesó: “Cuando no tengo ninguna relación íntima puedo funcionar bastante bien. Estoy solo pero al menos puedo controlar mi vida. Pero tan pronto como entablo intimidad con alguien, toda la locura surge otra vez. Entonces, sigo adelante, hacia atrás, adelante, hacia atrás.” Una risa irónica y dolorosa. “Luego, cuando el otro tipo va hacia atrás, me encuentro persiguiéndole.”

Después de una pausa añadió lentamente: “Siempre se da esa búsqueda del amigo íntimo pero incluso cuando estoy en una relación, todavía me siento solo.” Añadió pensativamente: “Es de locos.”

“Pero tan típico de las relaciones del mismo sexo,” dije.

“¿Esto no se da en las relaciones heterosexuales?” Preguntó Roger.

“Las relaciones heterosexuales no suelen ser tan ambivalentes ni frustrantes. Esto es así porque las necesidades de identificación no satisfechas en el homosexual crean co-dependencia.”

Roger continuó: “Veo a los gays repetir este modelo sin examinar por qué sus relaciones no funcionan. Sólo aprenden a adaptarse a este modelo.”
“Sin embargo sé por mí mismo,” continuó, “intentar cambiar asusta… ¡porque no tengo ni idea de a qué puedo cambiar! Sé que sólo tengo que empezar a tomar la iniciativa para ver a dónde me conduce el cambio. Sí… Tengo que sentir el miedo y hacerlo de todos modos.”

Las preocupaciones de Roger se movían ahora al grupo y sus planes de unirse a la próxima reunión. “He estado pensando en la próxima semana y  en lo de conocer a los hombres del grupo por primera vez.” Una larga pausa. “Sé todas las razones por las que debería unirme al grupo…” dudaba. “Sin embargo me pregunto si me hará bien después de todo. Quiero decir, ¿Y si no les sigo? ¿Y si no me comprenden?”

Dándome cuenta de que Roger necesitaba que se le reasegurase, dije: “Así que entrar en el grupo es remover todos los miedos. Recuerda, cuánto más honesto seas contigo mismo, cuánto más identifiques los sentimientos cuando surgen y te arriesgues a verbalizarlos ya sea a mí o al grupo, más pronto estarás O.K.”

Roger insistió: “Es que me asusta mucho.”

“Lo sé,” le dije. “Aunque tengas miedo, hazlo de todos modos.”

“Bien, voy a intentarlo pero no me hace sentir bien. Es algo tan…” Buscaba una descripción, “tan desestabilizador.”

“Vas a hacer algo nuevo, a exponerte a posibles relaciones íntimas con otros hombres,” señalé.

Entonces pude ver en Roger una reacción común y de auto-engaño mostrada con mucha frecuencia por clientes que se exponen a un desafío personal.

Dijo: “Pensando en lo que tengo que hacer, siento que va bajando mi auto-estima. Me veo casi buscando motivos para sentirme mal conmigo mismo. Incluso en el instituto, si alguien dice algo ligeramente negativo de mis clases - ¡boom!- lo uso contra mí mismo. El dueño de mi apartamento actúa frío conmigo -¡bam!- más evidencia contra mí. Un recepcionista dice algo sarcástico en el teléfono -¡bang!- se añade a la colección.”

“¿De qué va eso?” Le pregunté.

“No lo sé,” dijo. “Veo lo que estoy haciendo –me estoy haciendo sentir como la mierda- pero no sé por qué.”

Intentando iluminar su propio hostigamiento sobre sí mismo, sugerí: “Toma una conjetura salvaje.”
Roger corrió sus dedos por su melena de  pelo rebelde marrón  antes de responder. “Supongo… supongo que estoy fundándome a mí mismo para no ser decepcionado por el grupo.” Asintió lentamente consigo mismo. “Es eso… Sé que me hago esto a mí mismo. Me sentiré como la nada cuando entre en la reunión del grupo.”

“¿Por qué te harías eso a ti mismo?”

“Así que tendrá que ser un completo desastre.”

“Bien. Por otra parte, puede que exista también la fantasía distante de que estos nuevos hombres sean tan estupendos que te rescaten de ti mismo.”

Roger intentó no reírse pero admitió suavemente: “Puede que sea eso.”

“De todos modos, esta dinámica de auto-engaño es importante para que comprendas. El grupo te ofrece tanto la esperanza emocionante de una nueva forma de relacionarte con los hombres como la amenaza del rechazo y del desastre.  Carlos Castaneda dice: ‘El guerrero camina entre el terror y la maravilla.’ También tú sientes terror y maravilla pero no te permites saborear esa esperanza. Y-“

“Tienes razón” interrumpió. “ni siquiera puedo sentir la emoción ni la esperanza. Sólo el miedo.”

“Entonces, ¿por qué estás de acuerdo con estar en el grupo?” pregunté.

“Porque me estás diciendo que es hora de ir tras ello y confío en ti.”

“Muy bien,” dije. Aquí había una lección también. Roger quería confiar en una figura de autoridad masculina que le llevase a nuevos desafíos. No fuera de intimidación ni miedo a la desaprobación  sino simplemente por medio de la confianza ciega establecida en la relación con un mentor.

“El modo en que has tratado el miedo al fracaso ha sido fracasar tú primero. De una forma extraña, meterte tú mismo en un fracaso para evitar el otro fracaso te da un sentido de control,” le dije a Roger.”

“Suena raro.” Roger se rió.

“Sí, pero es un juego mental aprendido en la infancia. ‘Fracasaré primero antes de que alguien más me fracase.”

Con una mirada de alivio como si sintiese que comprendía lo que estaba pasando, Roger continuó: “Superar el miedo es lo que representa para mí unirme al grupo. Estoy viendo nuevas formas en las que este problema del miedo me ha estado paralizando.  Como cuando algún hombre entra en el salón de la facultad y comenzamos a hablar.”

“Veo como instantáneamente me cierro y este es un modelo que puedo remontar al instituto, incluso antes.”

“Siempre me sentí abandonado pero siempre sabía que lo estaba haciendo. –Yo mismo me aislaba. La batalla de hacer amigos, hacer el trabajo, me aterroriza. Lo veo, me animo y luego me echo atrás- Verlo, animarme a ello y luego echarme atrás.”

Luego dijo, sin darse cuenta de la importancia de su propia idea: “Pero esta vez, siento el miedo. Incluso mientras hablo de ello, siento el miedo. Siento ese ‘dejarme solo.’ Con todo el estrés que me suponen esas relaciones, preferiría estar solo. No lo sé, Joe –puede que comenzar en el grupo sea simplemente pedirme demasiado.”

Roger estaba participando en sesiones de grupo de forma cautelosa y auto-protectora. Mientras estaba interesado en lo que decían los otros miembros, ofrecía muy poco de sí mismo. Sin embargo este interés creciente en los otros hombres le produjo que reevaluase su comprensión de las relaciones masculinas, particularmente, lo que los hombres podrían ofrecerle.

Me dijo en nuestra siguiente sesión: “Lo que me asusta es que mi concepto de amistad masculina es totalmente erróneo. No sé lo que es la amistad masculina real. No sé lo que se supone que se siente, lo que se supone que parece.  ¿Cómo puedo tener una amistad íntima con un hombre que no es mi pareja?”

“Veo a hombres heterosexuales juntos y pienso: ‘¿Cómo lo hacen?’ no sé cómo se supone que esos hombres estén juntos.” Se rió, como si fuese una idea absurda y continuó: “Me da miedo verme implicado con la gente –quiero decir los hombres- porque no sé lo que debería esperarse de mí. ¿Hacia qué debería estar trabajando? Quiero decir –No puedo imaginar una amistad íntima sin esos sentimientos íntimos de estar enamorado. Sin ese enamoramiento. Como cuando tenías 7 años y estabas loco con tu mejor compinche en el patio de recreo.” Roger estaba expresando una queja común.

Después continuó hablándome de su miedo más profundo, un miedo compartido por todos los homosexuales de la terapia reparativa. Dijo: “Tengo miedo de que las relaciones maduras y de apoyo mutuo no sexuales de las que siempre hablas no tendrán ninguna satisfacción emocional. Tengo miedo de tener esos sentimientos intensos y no poder hacer nada con ellos.

Roger hablaba de “estar agarrado entre lo que se siente con la ausencia de sentido de la amistad ordinaria y mi enamoramiento generalmente intenso y romántico.” Confesó: “Tengo miedo de esos dos extremos, o llegar a ser dependiente o  sólo tener una relación de bla, bla, bla–nada.” Luego desesperadamente: “No sé cómo conectar íntimamente con un hombre sin esos antiguos e intensos sentimientos.”

Oí un grito de angustia para una dirección práctica. Le aseguré: “Descubrirás  un lugar equilibrado entre esos dos extremos. Mientras que a veces puedes slip en la dependencia o atracción erótica, supervisaremos esos sentimientos mientras tienen lugar.”

Roger movió la cabeza. “Mantener ese equilibrio es como pedirme que entre en juegos preliminares, pero que no me acueste. Desarrollar un sabor para lo que es insulso. No suena a cambio positivo sino a límites arbitrarios.”

Dije: “Como decirle a alguien que está a dieta: ‘mira la comida, huélela, mastícala… pero escúpela en vez de tragártela.’”

Se rió: “Exactamente.”

“Comprendo,” le aseguré. “Pero ¿Podía sentir realmente su experiencia? Sentí los límites impuestos por mi propia heterosexualidad. En este punto, sólo otro hombre ex -gay podía darle a Roger esa empatía especial. Esto era algo que yo esperaba                 que le diera el grupo.

“Si esto es de lo que va toda la homosexualidad,” continuó Roger, “puedo ver por qué los gays se queman antes de tener los 40. Se vuelven cínicos con sus relaciones. Un enamoramiento tras otro, y después de un rato te lleva puesto. Pasas por este ciclo bastantes veces y ya no te importa. Estos hombres saben que sus relaciones terminarán en un par de años y que tendrán que volver a la montaña rusa otra vez.  O al menos, si permanecen juntos por la amistad, saben que no serán fieles.  Saben esto sin leer el material sociológico. Por lo que dicen: ‘Qué demonios, me quedaré en la marca de hasta los dos o tres años y luego dejo al tío antes de que me deje a mí.’ ”

Suspiró y luego añadió: “No sé la respuesta, Joe.”

Nuestra hora se acabó y con ese pensamiento inacabado concluimos la sesión. Sabía que Roger sacaría el mayor beneficio de este punto en la terapia de las relaciones con otros hombres que compartieran su lucha.  Confiaba en que el Padre John y Charlie me ayudarían.

La semana siguiente Roger entró, se sentó y no dijo una palabra. Le pregunté: “¿Cómo van las cosas?”

“Rompió en una sonrisa. “No mal. El grupo de anoche no fue ni la mitad de doloroso que yo pensaba que sería. Nadie se echó encima de mí.”
“Bien. Entonces, ¿Tenía razón?”

Sonrió abiertamente. “Tenías razón. He sobrevivido.”

Entonces la voz de Roger se volvió seria. “Pero por otra parte, he estado luchando últimamente. Como el lunes por la mañana me levanté y me sentía ansioso y deprimido. Un par de cosas me estaban comiendo. Una de ellas era que el banco cometió un error con mi declaración. Sabía que me iba a poner triste al arreglarlo si el contador discutía conmigo. “

De repente se puso más intenso y preguntó: “Y es tan extraño… ¿por qué tengo esta  actitud de gran estrés sobre mi trabajo? Creo que no siento que no sirvo para ser profesor. Siempre he conseguido resultados decentes y la gente me dice que estoy haciendo un buen trabajo, pero en lo más profundo de mí  todavía siento que no soy bastante bueno para hacerlo.”

He encontrado que la incapacidad de pedir crédito para el acercamiento personal es un problema común del homosexual. Los clientes se quejan generalmente de sentirse débiles e inadecuados, y esto me ha llevado a comprender la condición homosexual como de déficit de poder personal. No sólo no tenía apoyo con frecuencia el chico prehomosexual en su desarrollo de identidad de género masculino sino que con frecuencia no era sostenido en su sentido de poder personal. En el desarrollo, género y poder están relacionados.

La terapia reparativa es un tratamiento de tipo iniciador que desafía al cliente a integrar nuevas conductas y actitudes. Roger ahora necesitaba que se le desafiase a salir de su auto-compasión. Pregunté: “¿Qué estás haciendo para fortalecerte?”

“Bien. No mucho. Pero surgirá algo que hacer. Estoy seguro.”

“Eso es pasivo –‘surgirá algo.’ Necesitas tener un programa.”

Como si estuviera anticipando otra de mis charlas anteriores, dijo: “Bien, he coincidido un par de veces con mi amigo Tim y estamos planeando vernos una vez a la semana.”

“¡Bien!” Le reforcé.

La terapia reparativa ha sido criticada por su uso de las técnicas que se llaman manipuladoras, incluso coactivas. Si dar aprobación y hacer sugerencias se puede considerar manipulación y coacción, entonces en mi opinión tales técnicas están justificadas.

Roger cambió de tema: “Estaba el otro día en el mercado y me acordé de cuando Perry y yo solíamos hacer la compra juntos. Íbamos siempre a buscar la cena a la fiambrería y panadería de Gelson. Y sentí melancolía y tristeza, recordando lo agradable que era tener a otro hombre con quien compartir las pequeñas tareas de la vida. Cuando me iba del mercado, entró este hombre atractivo y me encontré con la esperanza de que se diera cuenta de mí.”

“Entonces lo que me golpeó de repente fue  que todavía me siento ese niño pequeño que, cuando ve a un ‘hombre’ –Roger hizo las comillas en el aire- todavía necesita correr hacia él y conseguir su atención. Todavía soy ese niño pequeño.  No es incluso tan sexual, lo creas o no. Es sólo la necesidad de reconocimiento y atención de un hombre.

“Eso es verdad,” dije. “La necesidad de atención, si no es satisfecha en la infancia, conduce eventualmente a sentimientos homoeróticos.”

Roger continuó, volviéndose su tono melancólico: “Y todavía tengo un deseo, un sueño, de ser abrazado, poniendo mi cabeza y mi cara en el pecho de un hombre más grande y más fuerte.”

“Exactamente, y no es necesariamente nada sexual tampoco –sólo esa calidez, esa seguridad, esa relajación,” le aseguré.

Asintió.

Oyendo el dolor de Roger, pensé en cuántos hombres me habían dicho que era sólo el abrazo que querían cuando eran niños, pero mientras se hacían mayores y estaban más expuestos a la escena gay, esta búsqueda original de ternura y aceptación eran enterradas en encuentros impersonales y sexuales de forma progresiva.

Muchos estudios documentan la promiscuidad homosexual masculina. En un gran estudio realizado en 1978, el Instituto Kinsey afirmaba que el 43 por ciento de los entrevistados había tenido sexo con 500 o más hombres mientras que el 28 por ciento había tenido sexo con más de 1000 hombres. Mientras que la epidemia del SIDA  ha cambiado estas figuras de alguna forma hoy, todavía pienso que revelan mucho de la naturaleza de la condición homosexual.

Le recordé a Roger de dónde venía ese sueño suyo. “Estos sentimientos de calidez y aceptación te fueron negados por tu padre.”

“Sí, ahora cuando veo a mi padre…”

“Mantenlo,” interrumpí. “Antes de ir al padre, regresemos al mercado. ¿En qué estado emocional estabas antes de ver a ese hombre atractivo?”

“Me sentía solo,” respondió Roger. “Pensando en Perry y echándole de menos.”
“Sí. Y creo que esos sentimientos te hicieron particularmente susceptible a ese extraño. Tengo dudas con respecto a si te habrías arrastrado tanto hacia él si no te hubieras sentido tan solo.”

Roger hizo una pausa, luego dijo con una voz de sonsonete de duda. “No estoy seguro de que sea eso tan simple.”

“O.K.,” continué: “¿Cómo te habrías sentido sobre ese hombre atractivo  si  tu amigo heterosexual Tim hubiese estado contigo en el mercado? ¿Si ambos hubiesen estado disfrutando de la compañía mutua y te sintieses conectado?”

Roger consideró mi pregunta: “Bien,” respondió finalmente, “todavía le habría encontrado atractivo. Quiero decir, todavía me habría dado cuenta de él de forma definitiva.”

“Bien,” continué: “¿Pero habrías tenido esos sentimientos desesperados?”

“Bien, veo  lo que quieres decir,” concedió. “No habría tenido ese deseo.”

“Podría haberse dado la atracción e incluso un sentimiento sexual pasajero. Pero la necesidad habría sido menos intensa con Tim a tu lado.

“La curación de ese anhelo,” continué: Viene por medio de tus relaciones con amigos varones. Cuando interiorizas el afecto masculino, disminuyes la compulsión erótica. De esta forma, lentamente, disminuirá tu atracción homosexual, será más manejable, menos angustiosa.”

“Sí, creo que tienes razón,” repitió suavemente. 

Desde la experiencia, comprendí la tristeza que Roger estaba sintiendo. Ya sentía nostalgia por ese surge de emoción romántica y sexual. Había sentido ese lamento desde la infancia y era una parte muy profunda de él. Ahora había vislumbrado el precio que debía pagar por salir de la homosexualidad.

Su tono cambió de forma abrupta. “He estado haciendo lo mejor sobre planear las cosas  que hacer con Tim –jugar al tenis, ir de excursión. Pero tengo que sostenerlo.”

“Exactamente,” coincidí. “Eso es lo que quiero decir cuando digo que ‘tienes que mantener el fuego encendido.’ Cuando experimentas un  revés como ese sentimiento de deseo en el mercado, no te quedes parado –sigue moviéndote, vete.”

“Roger se rió. “Lo sé. Como primera impresión, lo que estás diciendo suena a gilipolleces, pero…” Su tono se volvió triste y pensativo. “Hacer eso sólo me hace sentir que no soy yo.” Se rió irónicamente. “Cuando solía jugar al béisbol cuando era niño, si me golpeaba con la pelota o algo decía: ‘Este deporte es mudo. Lo dejo.’ Veía esos entrenadores de la Pequeña Liga gritándole a los chicos que se levantasen y volviesen al juego. Odiaba a esos entrenadores. Pensaba que eran bastardos.”

“Los evitaste y huiste de sus desafíos. Ahora tienes que pagar a un psiquiatra para entrenarte.”

Roger movía todavía la cabeza por algo que yo decía, o expresaba ambivalencia sobre la terapia reparativa. Sin embargo, con claridad, estaba aprendiendo mucho y obteniendo más consciencia de lo que tenía que hacer para disminuir su homosexualidad.

La madurez por medio de la terapia reparativa es un proceso en curso. Algunos deseos homosexuales suelen volver a ocurrir durante periodos de estrés o soledad. Más que de curación, por tanto, hablo del objetivo del cambio, en el que hay un movimiento en la identificación del yo. Al mismo tiempo que puede continuar teniendo sentimientos homosexuales, un hombre ya no se suele identificar con esos sentimientos. Dentro de esa transformación de significado esencial, el cliente consigue nuevas formas de comprender la naturaleza de sus anhelos del mismo sexo. Comienza a ver su problema de forma diferente.  Como lo describía un ex –gay: “Durante muchos años pensé que era gay. Finalmente me di cuenta de que no era un homosexual sino un heterosexual con un problema homosexual.”

Si el uso de la palabra cambio más que curación parece pesimista, deberíamos considerar curación como se aplica a otras condiciones psiquiátricas. Ningún tratamiento psicológico puede conceptualizarse en términos de curación absoluta. La baja auto-estima nunca es completamente superada haciendo a un cliente libre de inseguridad. Los alcohólicos nunca se curan, sino que se les refiere en el estado de transición como en recuperación. Más que centrarse en la idea de curación, deberíamos pensar en términos de reducción de necesidades homosexuales por medio de relaciones sanas y no eróticas con hombres. La curación pasará de libertad parcial a libertad significativa y completa de las atracciones homosexuales no deseadas.  Para algunos hombres, el matrimonio heterosexual será posible.

La validez de cualquier terapia, no importa el método del tratamiento ni el objetivo, se encuentra en su efecto en general en la vida del cliente. La buena terapia debe hacer algo más que aliviar el síntoma específico por el que el cliente busca el tratamiento al principio. La buena terapia debe tener efectos positivos que irradien por todos los aspectos de la personalidad del cliente, todos los aspectos de su situación de vida. Si el tratamiento va bien para esa persona, le dará un sentido general de libertad y bienestar. Además de reducir la angustia, el ir a la salud traerá mayor consciencia del poder intrínseco.

La parte más crítica y con frecuencia más dolorosa de la psicoterapia para el paciente es mirar honestamente los sentimientos que ha transferido en el terapeuta de las relaciones anteriores. Este desplazamiento emocional de sentimientos del pasado se llama transferencia y es quizás el factor más poderoso en la curación de la psique. El cliente ve al terapeuta con los ojos del niño que fue una vez, y que hasta cierto punto es todavía. Los sentimientos transferidos incluyen miedo, ira, reacciones agresivo-defensivas y deseos sexuales.

Durante un largo tiempo, Roger reaccionó conmigo con sospecha e incluso con hostilidad. Mientras que esas reacciones de transferencia pueden tener lugar en cualquier relación, la relación terapeuta-paciente estimula las reacciones de transferencia particularmente fuertes debido a su naturaleza dependiente, intensa e íntima.

El terapeuta debería ser capaz de tolerar estos sentimientos transferidos y no debería cortar prematuramente la expresión del cliente de reacción de transferencia porque le haga sentirse enfadado, incómodo o avergonzado. Me aseguré de no hacerlo con Roger. Por medio de mi interpretación gentil y tolerante de la transferencia, Roger se atrevió a separarse de sus modelos de conducta y percepción que tenía desde hacía mucho tiempo.

El miedo y la hostilidad son los otros lados de la transferencia erotizada. Aunque con frecuencia Roger se burlaba de lo que yo tenía que decir, sin embargo, temía mi crítica. A menudo intentaba protegerse de los sentimientos positivos que tenía hacia mí escondiéndose tras los comentarios sarcásticos y expresiones de escepticismo.

Las transferencias negativas deberían ser interpretadas siempre en la terapia. Desde mi experiencia, las relaciones tempranas más hostiles y traumáticas con el padre producen la ira reprimida más intensa en la psicoterapia. Cuando era niño, Roger no obtuvo satisfacción de su padre impersonal. Como tantos hombres con orientación homosexual, mantuvo la impresión de que “nunca puedo ganar con ese hombre,” y con frecuencia jugaba a abogado del diablo en nuestra propia relación.

Por esta razón, los clientes homosexuales nunca trabajan bien con terapeutas distantes. Los terapeutas adiestrados en el método psicoanalítico tradicional y enseñados a permanecer –como aconsejaba Freud- “opacos,” son intolerables para el cliente homosexual. El cliente homosexual desea y requiere contacto personal auténtico con un hombre emocionalmente presente. El terapeuta nunca debe ser austero, distante o autoritario.

En mi relación con Roger, había intentado ser el buen padre –presente emocionalmente, activo y desafiante, pero siempre aceptante.

Mientras pasaban los meses, Roger pasó un modelo gradual de cambios. Como el péndulo que se balancea que disminuye lentamente su arco y se detiene finalmente en el centro, Roger encontró finalmente su propia perspectiva sobre la cuestión de la homosexualidad. Como decía él: “Me encuentro dejando la identidad gay no por medio de alguna clase de convicción moral sino por experiencia. No funciona para mí.” Después de dos años de tratamiento en grupo e individual, se sentía lo bastante satisfecho como para terminar la terapia.

Durante los años siguientes volvería para revisiones ocasionales. Ahora tenía un fuerte círculo de amigos heterosexuales y ex –gays y había superado su vieja dependencia sobre Perry.  Cuando tenía una caída, comprendía el por qué de su conducta.  Trazaba una caída a sentimientos negativos sobre sí mismo y sentía progresivamente que tal conducta no representaba su verdadera identidad. Como me dijo: “Incluso cuando caigo, sé exactamente por qué lo estoy haciendo. No es por sexo o amor. En verdad es por olvidarme de cuidar mis necesidades emocionales correctamente.”      




4. ARTÍCULO FUNDAMENTAL A LEER PARA PROFUNDIZAR ESTE TEMA.

No hay.





5. PREGUNTAS A REFLEXIONAR, TRABAJAR Y RESPONDER EN EL CUADERNO DE TRABAJO EN TORNO A TODO LO LEÍDO:



a. Escribe las ideas fundamentales que has encontrado en este capítulo.


  • Hay una trampa que con frecuencia se presenta en los primeros pasos de la terapia –centrarse en controlar los síntomas superficiales más que en resolver las necesidades más profundas. De hecho, centrarse sólo en controlarse a sí mismo –una batalla de auto-engaño, sin ningún tipo de duda –sólo es una forma de evitar el desafío más profundo de establecer amistades masculinas íntimas y no sexuales.

  • La relación homosexual está llena de paradojas irreconciliables: miedo, y sin embargo atracción hacia los hombres. Las parejas del mismo sexo suelen comenzar con una percepción irreal de la otra persona, una imagen. Esta imagen representa aspectos de la propia masculinidad perdida del hombre.
Generalmente basada en rasgos superficiales de la personalidad del otro, estas proyecciones están destinadas a conducir al fracaso. Y debido a que estas relaciones se basan en proyecciones deseables, la pareja tiene dificultad en moverse más allá del estado de infatuación romántica hacia la formación del compromiso monógamo estable.

  • Cuando busca contacto erótico con otro hombre, el homosexual intenta ganar una parte perdida de sí mismo. Pero como esta atracción procede de un déficit personal, no es completamente libre para amar al otro.

  • El gay con frecuencia pone la esperanza en el sueño de un amante futuro. De hecho, vemos estadísticamente que las parejas homosexuales casi nunca permanecen monógamas y fieles. Sin embargo, la relación madura significa aceptar las limitaciones inevitables impuestas por la elección de un compañero para toda la vida y creando lo que se puede crear desde la relación.

  • Cuando nos sentimos agobiados, aburridos, irritables, ansiosos o depresivos, estos sentimientos son signos que nos dan nuestros cuerpos de que estamos fuera de contacto con nosotros mismos.
Cuando se está fuera de contacto consigo mismo, la masturbación es una forma de volver a ponerse en contacto consigo mismo, una forma de volver a sentir el cuerpo. La mente se dispersa mientras todo el cuerpo se concentra en el orgasmo. La masturbación, como comer mucho y otras conductas adictivas, tienen una función unificadora.

  • Nuestra cultura andrógina ha perdido apreciación por la necesidad de los chicos de ser apoyados por su propio sexo. A los clubs y equipos de chicos se les obliga ahora a integrar a chicas, descuidando la necesidad real del chico de ganar masculinidad. Los chicos tienen una necesidad natural de rechazar a las chicas –al menos durante un cierto periodo de años de su desarrollo –para prepararse para acercarse a las mujeres en la madurez.

  • La incapacidad de pedir crédito para el acercamiento personal es un problema común del homosexual. Los clientes se quejan generalmente de sentirse débiles e inadecuados, y esto lleva a comprender la condición homosexual como de déficit de poder personal.
No sólo no tenía apoyo con frecuencia el chico prehomosexual en su desarrollo de identidad de género masculino sino que con frecuencia no era sostenido en su sentido de poder personal. En el desarrollo, género y poder están relacionados.

  • La madurez por medio de la terapia reparativa es un proceso en curso. Algunos deseos homosexuales suelen volver a ocurrir durante periodos de estrés o soledad. Más que de curación, por tanto, vale la pena hablar del objetivo del cambio, en el que hay un movimiento en la identificación del yo. Al mismo tiempo que puede continuar teniendo sentimientos homosexuales, un hombre ya no se suele identificar con esos sentimientos.
Dentro de esa transformación de significado esencial, el cliente consigue nuevas formas de comprender la naturaleza de sus anhelos del mismo sexo. Comienza a ver su problema de forma diferente.

  • Más que centrarse en la idea de curación, se debe pensar en términos de reducción de necesidades homosexuales por medio de relaciones sanas y no eróticas con hombres. La curación pasará de libertad parcial a libertad significativa y completa de las atracciones homosexuales no deseadas. Para algunos hombres, el matrimonio heterosexual será posible.




b. ¿Tomas iniciativas en lo social? ¿Por qué?


Desde luego, siento gran interés en conocer a las personas, tener muchos amigos, ser más abierto, extrovertido, espontáneo... lo que más anhelo respecto a las relaciones sociales es la oportunidad para divertirme muchísimo y recuperar todo el tiempo que aquella enfermedad me quitó.

Estoy dispuesto a llegar hasta las últimas consecuencias para recuperar mi vida.

De a poco conozco más personas, será cuestión de tiempo para que logre edificar un sólido grupo de amigos, yo siempre busco las oportunidades para ello, y ya no me dejo amedrentar tan fácilmente por los miedos e inseguridades.

Toda persona existente es un gran universo por explorar, y vale muy la pena adentrarse en esa gran aventura.




c. ¿Cuáles son tus principales miedos y dolores en tu vida?


Sin duda que mi mayor temor es dejar de existir, tengo tanto que hacer, tanto que conquistar, tanto que descubrir, mucho que vivir... el tiempo límite es un gran obstáculo a remover...

Mi mayor sufrimiento en la vida ha sido el TOC que equivale a vivir en el infierno.




6. PROPUESTA DE EJERCICIOS PRÁCTICOS A REALIZAR PARA LLEVARLO A LA VIDA COTIDIANA. ESCRIBE LAS CONCLUSIONES DE ESTOS EJERCICIOS EN TU CUADERNO.



a. Habla de cuáles son tus dificultades frente a las situaciones sociales.


Aún tengo algunas inseguridades, pero no son muy relevantes, no tienen la fuerza suficiente para paralizarme o hacerme desistir del objetivo que persigo en ese sentido. Soy muy hábil en relaciones sociales, poseo gran capacidad de empatía y escucha, se dirigir conversaciones y hacer que las personas se interesen por mi.

Soy excelente haciendo amigos porque soy un gran amigo y porque me intereso genuinamente en los demás.


Las inseguridades son producto del TOC, así que en ausencia de éste, también se esfuman esos espejismos.




b. Comenta qué te hace pensar esta historia y qué cosas puedes aprender para tu vida.

Es la historia que ha llamado más mi atención porque sintetiza a grandes rasgos la totalidad del proceso de recuperación desde su inicio hasta su fase final.

La historia toca cuestiones que son de alta relevancia en la TRH: como la autoestima, los problemas de asertividad (pasividad), la dependencia emocional, las adicciones, los pensamientos sexuales obsesivos, la exclusión defensiva, la alienación... todos estos ítems terapéuticos han sido expuestos en forma práctica a través de la vida de Roger y me han brindado una visión más amplia del asesoramiento psicológico en esos campos, así como las diversas herramientas que se emplean para su resolución.

Dado que no tengo AMS ni conflictos con la masculinidad pues es poco lo que puedo extraer para tratar mis problemas personales, pero este conocimiento me permite entender y ayudar con más eficacia a mis amigos con AMS más allá de las restricciones que mi propia heterosexualidad me impone.

Me quedó sonando la frase: "la masturbación usualmente cumple una función unificadora", es algo en lo que no había pensado, o si lo había hecho pero no en esos términos tan exactos, una gran enseñanza para compartir con los hermanos.


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